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Historia de un calcetín

Críticas


 Fira de Titelles 2018. HISTORIA DE UN CALCETÍN DE LA CANICA (Por Toni Rumbau)

Fue un placer extraordinario ver a La Canica, de Madrid, con este estilo tan característico suyo de trabajar con los objetos desde la sencillez más estricta pero a la vez extrayendo todo el jugo dramático que permite la animación a través de una manipulación y unas voces impecables. Eva Soriano, alma máter de la compañía, acompañada en la manipulación por Manuel Pico, y con la dirección de Pablo Vergne, autor también de la obra, nos dieron una lección de cómo con los objetos más anodinos de un hogar doméstico, es posible crear una historia llena de personajes y con una línea argumental que evoluciona del juego al dramatismo de la experiencia de la vida, la amistad, el olvido y la muerte.

Está dicho rápido pero hace falta mucha experiencia y una visión muy clara de lo que es el lenguaje de los títeres y de la animación de los objetos para conseguir estas metas. Unos secretos que Pablo Vergne ha ido descubriendo a lo largo de su carrera artística, desde la humildad más estrictamente titiritera.

En 'Historia de un calcetín', el mismo título nos sitúa en un marco que pretende ser anodino y casero, cercano al mundo diario de los niños y de los padres, para elevarnos a través de la imaginación visual a dar vida y a ver otros espacios y otros tiempos en la realidad diaria que nos rodea. No tendría sentido describir lo que pasa en el escenario, el espectador debe verlo por sí mismo. Lo importante es constatar como los significados de las cosas pueden convertirse en dobles y triples, los que decidimos darles sin buscar tres pies al gato, sino desde la más humilde simplicidad.

El otro secreto íntimo de la obra es enseñarnos a ver el mundo de los objetos anodinos (los 'faltos de memoria', como diría Jesús Nieto de Onírica Mecánica, o en todo caso provistos de 'poca o escasa memoria') como un espejo que nos permite atravesarlo siempre que nos dé la gana, y entrar así en otros campos de significantes y significados más libres y que incitan al juego. Entonces, la realidad opaca se hace transparente y la banalidad, en vez de ser barrera, se convierte en un colador penetrable que esconde insospechadas 'maravillas' al otro lado.

Claro que para que todo esto sea posible en un escenario, se necesita un oficio de titiritero en la manipulación y las voces de muy alto nivel y calibre, un terreno que los dos intérpretes de La Canica dominan a la perfección. Igualmente imprescindible la mirada sintética del director, que se encarga de sacar toda la paja a la acción de modo que nada sobra.

El público de Lleida, que conoce bien el trabajo de La Canica al haber presentado sus trabajos en otras ediciones, aplaudió a rabiar el trabajo de los dos titiriteros.”